Pedro Moreno, en su casa. Fotografías © Gervasio Pérez.


Un boceto de La verbena de la Paloma.


Bocetos para zarzuela y de la otra teatral Hécuba.


Algunos de los premios que atesora en su estudio.


Antonio de la Torre en una escena de Caníbal. Foto de Marino Scandurra.

Pedro Moreno y el arte del vestuario

octubre 19, 2013

Acaba de estrenar la película Caníbal, de Manuel Martínez Cuenca, y las zarzuelas La verbena de la Paloma y Los amores de la Inés, esta última compuesta por Manuel de Falla y versionada por José Carlos Plaza para la programación de la temporada del Teatro de la Zarzuela, en Madrid, después de 100 años sin subir a escena. A sus 72 años, el madrileño Pedro Moreno trabaja sin descanso, a un ritmo casi frenético y saltando del teatro a la ópera y del cine a la zarzuela con total naturalidad. “Un milagro”, asegura el más veterano de los diseñadores españoles de vestuario, un clásico apenas conocido por el público con más de 40 años de profesión a sus espaldas, dos premios Goya por el vestuario de El perro del Hortelano (1997) y Goya en Burdeos (1999), varios premios Max y otros galardones que lo han convertido en uno de los referentes fundamentales del figurinismo español de las últimas décadas.

“¿Encumbrado?”, repite el comentario de este interlocutor haciendo un gesto de asombro. “No empecé en este mundo para ganar dinero ni para hacerme famoso, sino para realizarme, para divertirme, para disfrutar de la vida”, continúa este hombre que ha realizado proyectos de figurinismo en Francia, Italia, Alemania, México o Brasil. “Hace muchos años que mantengo los pies en la tierra; he visto a demasiada gente ‘morir’ de éxito, tenerlo todo y ser muy infeliz por equivocarse de valores en la vida, por no cultivar las cosas que realmente merecen la pena... Soy feliz haciendo mi trabajo y, por supuesto, que los reconocimientos son importantes, sobre todo los que vienen de los colegas de la profesión, pero hay que relativizarlos. Aunque los premios son un halago, un reconocimiento que valoro mucho, también suponen una responsabilidad enorme, una presión que te obliga a no relajarte, que no te permite tener altibajos; y por otra parte, no deben ser nunca el objetivo que te marques cuando empiezas un proyecto. El mejor premio es disfrutar del trabajo y hacerlo lo mejor que sepas, pero después hay otras cuestiones por las que luchar para mantener el equilibrio de la felicidad: la amistad, la familia, el amor, la luz de cada mañana…”.

Cada mañana, Moreno se levanta en un piso en el centro de la ciudad inundado por la intensa luz de Madrid. “Lo elegí por eso”, puntualiza. “Cuando lo vi hace años, me enamoré al instante. La luminosidad de Madrid es hermosa todo el año y hay que aprovechar de ese privilegio”. Cada mañana se levanta y trabaja en un estudio en el que los botes con lápices y pinceles comparten protagonismo con el ordenador y el Photoshop, con muestras de tejidos y paletas de colores, con maniquíes y libros, muchos libros. “El trabajo de diseño de vestuario requiere una labor de investigación muy importante, debes documentarte y buscar información muy detallada, muy precisa”, puntualiza después de mostrarme unos hermosos bocetos de Hécuba, la obra de teatro que estrenó en el último festival de teatro clásico de Mérida, el pasado verano, con Concha Velasco como protagonista. Los bocetos se acumulan por cientos en carpetas y sobre la mesa, clasificados algunos y desordenados muchos otros, formando una elocuente película de su vida profesional a medida que va pasando láminas y láminas con bocetos de trazo suelto, rápido y preciso, bocetos muy artísticos con clara influencia de los figurines de moda clásicos. “Recuerda que empecé en la alta costura”, matiza. Pedro Moreno comenzó a trabajar a principios de la década de los 60 como ayudante del modisto Elio Berhanyer, hoy retirado y que entonces hacía alta costura. “De ahí me viene la influencia, por eso los dibujos tienen ese aire de moda”. Pronto descubrió que aquel no era su mundo y dio el salto al figurinismo: “Tomé la decisión porque, aunque fue una etapa preciosa y llena de hallazgos, no acababa de encajar. Fue una de las mejores decisiones de mi vida porque mi trabajo me ha hecho y todavía me hace feliz. Sigo trabajando con mucha ilusión y sigo trabajando sin descanso en un momento, por desgracia, muy complicado”.

Cuando al inicio de este encuentro Moreno hablaba de “milagro” no se refería a su capacidad y talento para saltar de un lenguaje artístico a otro, no hacía referencia a su destreza para hacer vestuario de cine, teatro, ópera o zarzuela con igual soltura y genio. Su natural modestia se lo impediría. Moreno se refería a ese privilegio de seguir teniendo proyectos sobre la mesa en un ciclo económico en el que el figurinismo sufre los estragos de la crisis con igual o mayor gravedad que otros sectores. “El diseño de vestuario vive un momento crítico –asegura-, cada vez hay menos trabajo y con menos presupuestos; y se cierran talleres y se reducen drásticamente las posibilidades para mantenerse en pie. Por eso a veces es milagroso que te llamen y te ofrezcan nuevos proyectos... Hay generaciones de jóvenes con una preparación excelente que no tienen espacio para demostrar su talento. Es una pena, es muy desalentador y, a veces, cuando los jóvenes me preguntan cuál es la salida, sólo puedo decirles con tristeza que la salida está en Barajas o en la Junquera...”.

Por fortuna no ha sido la puerta que ha tenido que tomar Moreno, que este otoño tiene en cartelera el vestuario de Caníbal, Los amores de la Inés y La verbena de la Paloma, además de otros proyectos en los que trabaja. Sin embargo, asegura haberse visto afectado en otros aspectos: “Con la crisis y la escasez de medios lo que estamos haciendo con mucha frecuencia es reciclar, utilizar trajes que ya habíamos empleado en trabajos anteriores, modificándolos y adaptándolos a los nuevos proyectos para que todo tenga el menor coste posible. Es así de duro, pero yo siempre me lo planteo de la misma manera: hay que hacer de la necesidad, virtud. No queda otra alternativa. Ahora, por ejemplo, en muchas ocasiones estoy pintando sobre las telas de trajes que ya había utilizado antes, como en algunas prendas de Los amores de la Inés, y el resultado es asombroso”.

No ha sido el caso de Caníbal por exigncias de guión, aunque en todos los proyectos ha reducido costes de producción. “La película y las zarzuelas han sido proyectos muy distintos, uno con vestuario contemporáneo y los otros con prendas de época, de aquella Madrid tan pobre de la época de La verbena de la Paloma. En Caníbal el protagonista es un sastre, así que el vestuario tenía que tener mucha solvencia técnica, además de elegir los colores o los tejidos adecuados a la personalidad del personaje. En las zarzuelas había que crear otro tipo de atmósfera estética acorde con los personajes y la época".

Sobre preferencias a la hora de trabajar en cine o teatro, no siente predilecciones: “Los proyectos son todos emocionantes, cada uno supone un reto diferente y me acomodo con mucha facilidad al medio; me gusta esa alternancia y particularidad que exige cada caso”. En lo que, sin embargo, sí mantiene una postura única es sobre el efecto que debe causar su trabajo en los espectadores: “Cuando al salir del estreno de una obra de teatro, de una ópera o de una película alguien te dice que el vestuario era sensacional, mala noticia… El vestuario ha de estar, evidentemente, bien, muy bien, pero nunca debe distraer la atención de la obra. El vestuario debe ser un complemento que la potencie, que contribuya a mejorarla y a hacer más directo su mensaje, pero de alguna manera ha de pasar desapercibido”.

Curioso paralelismo con su vida, una trama de sonoros éxitos profesionales urdida con silenciosa modestia y anonimato.

© Gervasio Pérez

Categoria: Artes

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